En San Jacinto se crece devanando madejas, mientras del otro lado del patio, bajo un quiosco de palma, la abuela sube y baja hilos en un telar. Ese es su rincón de trabajo, escuchando el cacarear de las gallinas y topándose de vez en cuando con el gajo de “guineíto” manzano que siempre, por alguna razón, cuelga en toda la mitad.
La abuela pone la olla del café y manda a su nieto a comprar bolillos de sal, para que descanse de tanto devanar.

Paso a paso
La hamaca es el colorido símbolo de San Jacinto, Bolívar, procedente de la cultura arawak, según creen diversos antropólogos. Un elemento obligado en los patios sanjacinteros, y preferido por los campesinos, para descansar de sus faenas en el monte.
El proceso de creación de una hamaca, empieza “echándola”, es decir, enrollando el hilo de algodón en el telar, y continuando con el “empeine”, con el se hace el tejido. Aquí se mete hilo por hilo, en dos varas de madera en la que se trabaja.
Antes de empezar el “paleteado”, se dejan 40 centímetros de hebras, enrolladas en una vara de madera atravesada en el telar. Con esto se formará una de las cabezas de la hamaca y se deja ahí para después “enjicarla” y “empitarla” (esto se hace en último lugar).
Entonces, se procede con los detalles que tendrá este elemento, haciendo un buen “paleteado”, que es lo más notorio del cuerpo del producto y por lo que son reconocidas las artesanas del pueblo. “El secreto para una buena hamaca es paletearla bien, para que no se parta el hilo, para que dure”, comenta Janet Angulo, una joven de 19 años que se dedica al oficio. La pieza no puede quedar “clarita”, o con hoyitos, sino que al contrario, debe notarse apretada.
Leidy Angulo, de 27 años, hermana de Janet, a pocas casas trabaja con su telar en el patio y cuenta que su secreto es pedirle a Dios antes de echar la hamaca, para tener destreza en sus manos y que el producto quede bonito… para que se venda. “Siempre le oro a nuestro señor y él me ayuda”, dice entrelazando hilos, como si tocara un arpa.
Después, la hamaca se saca del telar. “Cuando uno termina el tejido, le deja otros 40 centímetros de hilo para hacer la otra cabeza”, explica Beatriz Martínez Olivera, una artesana, de 49 años, que aprendió el arte desde niña, como muchas mujeres en este municipio. Ella afirma que el secreto para elaborar una de estas obras de arte de descanso, es que al empezar a tejer, se tenga la cantidad de hilo necesaria.
Por último, para “enjicar” y “empitar” la pieza, algunas tejedoras prefieren enviarla a otros artesanos, que se encargan de enrollar con fuerza los hilos sobrantes del cuerpo de la hamaca, entrelazándolos con pitas para crear la cabeza o el cabezote, por donde se introducen los cáñamos que se usan para colgarla.

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Beatriz se estira, se soba la columna, y manda a buscar un poquito de café. Este es su trabajo, su elección de vida y gracias a eso permanece una costumbre que es orgullo de este pueblo, en el corazón de los Montes de María.

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