Wilman, el compae de Chumbún

  • Crédito: Julio Castaño El Universal

“El bullerengue es la cédula cultural de Maríalabaja”, dice con aire didáctico Wilman León Orozco.

Es un mulato alto y de voz contundente y sonora como un tambor de cueros y cuñas. Es, al mismo tiempo, el fundador y director de la escuela de danzas y música folclórica “Chumbún Galé Compae”, que lleva 19 años enseñando el bullerengue, ese baile y canto profundo –a veces hiriente- que los tatarabuelos de León Orozco inventaron para sobrellevar la pena de saberse bestias en el lenguaje reduccionista del colonizador europeo.

“Chumbún –explica el profesor Wilman-- es el nombre del barrio más antiguo de Marialabaja. Pero también se le conoce como María Concepción. Sus fundadores lo llamaron así, porque cuando empezaron a poblarlo el terreno aún lucía los charcos y escorrentías que dejaban los aguaceros. ¡Chumbún! Así sonaba el agua cuando la gente se metía en los charcos adrede o desprevenidamente”.

El profe no lo dice, pero Chumbún, además, podría ser el golpe de la porra sobre la tambora, como también el danzar con una de esas mulatas –tataranietas de cimarrones-- que llegan todos los días a la escuela del aprendizaje danzístico.

“Galé –prosigue-- era uno de los nombres que recibían las grandes embarcaciones donde los comerciantes negreros traían a los africanos para esclavizarlos en estas tierras”.

Si le decimos al profe que Galé también es el apellido de un músico interiorano, quien toca las tumbadoras como queriendo partirle el espinazo a la salsa, tal vez se sorprenda o nos deje callados de tanto arrojarnos datos al respecto.

“Compae –vuelve y explica-- es el saludo más popular de estas poblaciones. Desde que amanece Dios hasta que se acuesta, la gente saluda de esa forma y asimismo deben responderle. Quien no responda se hace acreedor de una visita de preocupación, dado que los que saludan quieren saber qué le pasa, por qué no respondió, qué preocupación o rabias están pasando por su cabeza”.

El profe Wilman no sabe quién lo enseñó a bailar. Tal vez fueron sus orishas representados en las manifestaciones musicales que percutaban por los rincones del pueblo. Solo recuerda que, siendo alumno de la Institución Educativa San Luis Beltrán, se inventó la manera de obtener sin pagar las mismas golosinas que el colegio vendía a los demás condiscípulos. Lo suyo era el baile y, teniéndolo amarrado a las pies, no iba a desaprovechar cada concurso que se programara en las izadas de bandera.

Una profesora, cuyo nombre no recuerda, era quien más lo impelía a no decaer en la afición al baile, tarea que se volvió definitiva desde que un niño se le acercó y le dijo: “yo quiero aprender a bailar como tú”. Y Wilman lo entendió como un llamado del tejido universal, que lo exhortaba a asumir la enseñanza como misión en la vida.

Comenzó en Chumbún tratando de vencer el aburrimiento de las noches en que se suspendía la energía eléctrica. Cinco niñas fueron las primeras alumnas. Había entusiasmo de parte y parte, pero no facilidad. Algunos vecinos se burlaban. Otros les tiraban agua o apagaban las bombillas de las terrazas para que se suspendiera el ensayo.

Pero el profe Wilman no se daba por vencido. Por lo contrario: con el respaldo de otros compañeros musicalizó la pedagogía a golpe de tanques de plástico y brillo de rayadores de coco. Con el tiempo se atrevió a participar en unas semanas culturales que la Alcaldía Municipal organizaba consuetudinariamente y se alzó con el primer premio de la mejor pareja bailadora de cumbia. Lo acompañó Carmen Castellanos, una amiga a la cual no deja de otorgarle el crédito y quien también lo acompañó al municipio de San Onofre (Sucre), a otro concurso de bailes folclóricos, y regresaron nuevamente con el primer premio.

En 1995 abrió la escuela. Al principio fueron pocos los alumnos, pero con el tiempo se convirtieron en 70, entre niños, adolescentes y adultos, quienes ya han aprendido el valor del bullerengue como factor identitario de Marialabaja y sus alrededores, en donde gente como Manuelito León, Maíta, José Mario de la Cruz, Pabla Padilla, Pablo Morales y Eulalia González cantaron y bailaron toda su vida, sin que sus nombres traspasaran fronteras como sí lo lograron Irene Martínez, Emilia Herrera, Marta Herrera y Petrona Martínez, aunque hayan nacido en otros ámbitos territoriales.

“El bullerengue –continúa el profe-- se cree que nació en San Pablo, porque allí estaban los mejores cantadores, bailadores y ejecutores de instrumentos, aunque en Nueva Florida también hubo una fuerte tradición de preferencia por ese ritmo y sus vertientes”.

Cuando habla de “vertientes”, automáticamente se desvirtúa un yerro: el bullerengue no es un todo sino una fragmentación de movimientos acortinados por la percusión de fondo.

“Está compuesto por tres ritmos: el bullerengue sentao, la chalupa y el fandango.

El bullerengue sentao se baila lento, para que la mujer se mueva como si estuviera a punto de parir, se soba la barriga y mueve el pie como si se hubiese puyado.

La chalupa se baila un poco más rápido, a la misma velocidad de la embarcación fluvial que lleva ese nombre.

El fandango sirve para que se unan todos los bailadores y organicen una coreografía”.

Estas mismas explicaciones las han escuchado alumnos provenientes del sur de Bolívar, de Córdoba, Sucre, Antioquia, Atlántico, Chile y Argentina, tal es el reconocimiento que los medios culturales y de comunicación le han prodigado a Chumbún Galé Compae.

Los padres de familia colaboran con el sostenimiento de la escuela, pero el profe Wilman pretende que se vuelva autosostenible mediante un proyecto que aspira a presentar en el Ministerio de Cultura y ante la Gobernación de Bolívar. Por el momento, su sentido de pertenencia y el de sus alumnos es el mayor valor agregado con que cuenta ese nicho folclórico de los Montes de María.