Cálido amanecer

  • Crédito: Julio Castaño Beltrán.

Y ahí está. Asomándose sobre la distante alfombra de taruyas y arbustos, que sueltan el plomizo oscuro que les dejó la madrugada, para lentamente tomar sus colores.

Y ahí está ese sol rojizo, asomándose y regalando un caminillo brillante que se va estirando, mientras tirita en las aguas del mágico y misterioso Magdalena.

Va amaneciendo y en las orillas del río ya empiezan a escucharse los gritos de algunos hombres, quienes esperan las lanchas que vienen de poblaciones cercanas y del sur de Bolívar. Les ofrecen a los pasajeros otro medio de transporte, que los lleve a sus destinos.

-Cartagena, Sincelejo-, gritan los hombres, mientras ayudan a bajar pasajeros de las embarcaciones. Y entonces comienza la vida en Magangué. Los restaurantes populares que bordean una de las riberas, en La Albarrada, se van llenando de comensales.

El paisaje es adornado por la catedral Nuestra Señora de La Candelaria, visitada cada semana por cientos de fieles católicos. Y qué mejor que disfrutar de ese amanecer junto al río Magdalena, que degustar sus deliciosos frutos: una mojarra, una posta de bagre frito o de bocachico, acompañados con yuca y café con leche o aguapanela. Un menú típico de la población.

Poco a poco el sol va saliendo, y cuesta no sentir la sensación de querer detener ese momento junto al río. De disfrutar la imagen por unos instantes más y del aroma del poderoso Magdalena, que atraviesa el país de sur a norte y toca once departamentos. El mismo afluente por el que Magangué se erigió en antaño como uno de los principales puertos y una de las poblaciones más prósperas de la Región Caribe. Que es cálida, dicen, y así es. Pues la calidez de su gente es inigualable y seguro que si visita a Magangué querrá volver.

UN BOLÍVAR PARA VER Y CONTAR