La Seño tiene las llaves del más allá

  • Crédito: Ricardo Maldonado.

Uno. Sintió el olor del muerto cierta tarde, tan calurosa como casi todas las de Palenque. Olor, no hedor. No había nada pútrido en el perfume de aquel muchachito, tan amigo de su hijo, que mataron hace algunos años. “Era un amigo de mi hijo mayor. Ese pelao pasaba aquí, a veces dormía en esta casa y hasta se ponía la ropa de mi hijo, pero lo mataron y yo no quiero nada con muertos, no más los rezo”. Esa tarde, apenas sintió el aroma del difunto, La Seño lo insultó de todas las formas posibles. “Maco, estás jodío, te dejaste matar. Tú sabías que te podían matar y te dejaste, eres el maco más grande del mundo. Lárgate de aquí, no te quiero. Te quise en vida, muerto no. Lárgate de aquí”, gritó con su voz recia. Y sí, se largó.

No todo el mundo tiene “ojo” para ver a los muertos. Ni si quiera La Seño, que ha ayudado a unas cuantas docenas de difuntos de San Basilio de Palenque a pasar al cielo -¿o al infierno?-, ha podido ver ni uno solo en sus dieciocho años como rezandera. ¡Y ni Dios lo permita! La sola idea le “espeluca” la piel, pero… ¿y qué cuando los huele?

Se llama Moraima Simarra Hernández. Treinta y ocho años. Tres hijos. Profesora. Rezandera.

Lo de profesora fue un reto: perdió ciencias naturales y química durante toda la secundaria… ¡Toda! “Estudié esto porque necesitaba saber qué era lo que tenían las ciencias naturales que no encajaban conmigo”, confiesa. Ahora todas sus mañanas pasan entre salones de la Institución Educativa San Basilio de Palenque. Da clases a pequeños de cuarto grado, pero siempre que hay muerto en el pueblo debe arreglárselas para ir al velorio y rezar tres veces al día. Su misión: alimentar el alma del difunto y garantizar su paso al más allá. Nada fácil –dice ella-.

¿Y lo de rezandera? Eso sí viene por la sangre. Su mamá, Consuelo, es la rezandera del pueblo y ¡qué mejor maestra para el arte de ayudar a los muertos! La Seño se metió de cabeza en este mundo de sepelios y velorios cuando tenía veinte años. Cómo olvidar su primera muerta...

Fue hace dieciocho años, en Barranquilla. Allá murió una palenquera joven, de 20 años, la edad de La Seño. “Como mi mamá estaba operada de un juanete, me tocó ir. Fue cruel porque yo conocía a la muerta, porque yo había ido a los Carnavales de Barranquilla con ella. Era mi amiga y la mató ‘una’ tiroides. Lo más cruel que me pasó es que la recé y tuve que levantarle el paño –rezo de la novena y última noche, donde se levanta el altar-.

“Todo esto me enseñó mi mamá, Concepción, ella es la rezandera del pueblo –explica-. Ella reza todavía, pero ya no tanto, ahora nos turnamos. Estoy en esto desde que tengo veinte años. Al principio, tuve que escribir todos los rezos en una libreta, porque es un rezo muy largo, y así me los aprendí. Cuando comencé, rezaba leyendo. Ellos tienen una secuencia, porque el rezo es como una canción que dura como 25 minutos en cada tanda”.

La Seño no le teme a los cementerios, más bien le asustan las iglesias.

“Tú puedes ir a un cementerio a las doce de la noche, que no vas a ver nada, porque allá no hay almas, no más hay cadáveres, huesos y bóvedas, pero a la iglesia sí van los espíritus de los muertos. La iglesia siempre está llena de espíritus", dice, sentada bajo la sombra de un árbol, frente a la terraza de su casa, en el Barrio Abajo. Pretende escapar del infierno de la una de la tarde en San Basilio de Palenque. Y lo ha logrado.

Dos. En la cultura palenquera, la muerte tiene un significado diferente. No es el simple y plano punto final a la vida, es trascender al más allá.

Incluso antes de que un anciano muera, ya él y su familia se van preparando para que su alma camine hacia la luz, una luz eterna y blanca. Sebastián Salgado Reyes, licenciado en Lengua Castellana y Comunicación, y docente de la Lengua Palenquera, dice: “para el palenquero, cuando una persona muere, es necesario que su alma tenga toda la tranquilidad, para eso acá acostumbramos a hacer un ritual que se llama Lumbalú”. Los ancianos, incluso, compran el ataúd y una muda de ropa nueva blanca para que los vistan cuando se mueran. “El palenquero que muere debe ir elegante al más allá” -prosigue-. Ahí comienza todo. Una vez muere, entonces las mujeres cantan, bailan, lloran y rezan de día y de noche alrededor del ataúd, para ir abriendo el camino del alma al más allá. “A veces se acostumbra que en una esquina de la casa esté una persona tocando un tambor que se llama pechiche. Ese sonido, avisa a las almas de los palenqueros que murieron hace mucho tiempo que se preparen para recibir un alma nueva”. Hay velorio durante nueve noches, y Moraima es parte fundamental de este. “Si no se le reza, el alma queda vagando por las calles...y nadie quiere eso para un familiar”, añade Sebastián.

Hay que escuchar a Sebastián Salgado para entender la carga cultural que tiene la rezandera en San Basilio de Palenque. La misión de Moraima es, entonces, abrirle el camino al más allá a las almas. Ella es quien pone el punto final al ritual. Sus rezos -según la tradición- abren las puertas de la tranquilidad para el alma, y para los familiares que quedan vivos y necesitan saber que su muerto va por buen camino. Que no va a quedar penando. Esa es la razón de ser de esta página, por eso es importante contar su labor.

Tres. “Dices que rezar es pesado, que cargas con todos los muertos encima, pero te gusta, ¿por qué?” –pregunto-.

“Te voy a decir el pedazo de la oración del jueves que me gusta y tú entenderás: ‘quien esta oración rezare, todo lo puede. Sacará un alma de pena y la suya de pecado. Quien la oye y no la aprende, quien la sabe y no la reza, el día del juicio final sabrá lo que se condena’ ”, concluye, segura de que cada oración la reviste de un poder casi mágico y ayuda a salvar su propia alma. Por eso rezará hasta que muera. “Por eso llegaré al cielo al noveno día”, dice.